Espejos

Elsewhere in the universe…


...Al entrar al vortex pude observar un universo completamente distinto al nuestro, para empezar no era un universo común, era como.. como un mundo lleno de espejos emmm irreales y…Hunter se detuvo, sonrió levemente, pero nadie nunca lo sabría, pues su mascara ocultaba cualquier emoción que pretendiera o quisiera demostrar. Dejo de grabar y se levanto de su camarote, soltó una cuerda que funcionaba de picaporte a una puerta a medio funcionar y camino por los pasillos de su nave. «El ciervo volante» ronroneaba por el movimiento de los motores mientras atravesaba la ultima barrera hacia Ciudad Capital. Quien viera la nave desde fuera nunca se le pasaría por la mente la terrible batalla de la que logro escapar. Ni de las miles que ha escapado antes, siendo una de las pocas naves preterranas poseía una de las tecnologías mas avanzadas del planeta y quizá del universo. Hunter era su único tripulante y apreciaba la soledad. Le permitía gritar y monologar consigo -y a si mismo- sin miradas extrañas de los  humanos; siendo parte de la orden de los cazadores ya se había acostumbrado a una vida ermitaña, alejada de los demás, inclusive de los otros miembros de la orden, ya ni siquiera recordaban su nombre real, solo lo conocían como Hunter, El Hunter. Y a el no le importaba, y si alguna vez le importo, ya dejo de hacerlo hace mucho. Por ahora, su único interés era encontrar una manera de contar lo que vio, pero las palabras no lo encontraban, tal vez por eso pensó que un paseo por la nave lo ayudaría. Caminando por la vieja nave observaba con nostalgia las reliquias que a lo largo de los años había coleccionado, la famosa Lanza de Bao-Dur que según la leyenda fue usada por los antiguos aborígenes del planeta para abrir un hueco en el cielo y escapar a las estrellas, el escudo de Valini, que genera un campo magnético tan poderoso que podia desviar balas, virotes, incluso misiles. Artefactos legendarios; al final del pasillo entre los estantes, el ultimo estaba vació, una simple vitrina que en cuyo marco había una inscripción, «La fortuna favorece a los afortunados». Hunter acerco su mano y toco el estante, el único artefacto que no estaba en exhibición, era el único que el usaba. Miro su mano izquierda y esta brillo con un oscuro color morado. -Fortuna. -El orbe en su mano se materializo por un breve momento iluminando todo el pasillo con una tenue luz morada. Como si el objeto estuviera agotado de tan sencilla acción, suavemente se apago.

Un mundo completamente creado de espejos… -susurro Hunter. Siguió caminando por la cubierta de la nave, ahora llegando a la sala de observación, veía a través de la ventana las enormes planicies de Aerys y en medio de la infinita llanura, la Ciudad Capitolio. Elevada a mas de 3 kilómetros de altura, la ciudad flotaba en el aire por medio de tecnología prevoidiana, los distintos distritos se elevaban y sobreponían entre si y giraban de manera perfecta sobre su eje, vista desde lejos podría ser confundida con la pieza de un reloj. Completamente maravillosa. Hogar a mas de veinte millones de personas, entre ellas Hunter. Aunque no siempre fue así, antes su hogar era… Hunter levanto la grabadora: En todos los espejos veía distintos mundos, de cierta forma era un mundo de mundos, el puente entre lo que es, lo que pudo ser y finalmente lo que sera. O lo que parece que sera, en uno de los espejos podía verme en frente de un cuarto de control, manejando la misma realidad. En otro veía mi muerte, caía desde una gran altura hacia el vacío, pero en otro solamente moría de viejo en una cama de hospital. Múltiples lineas de tiempo o dimensionales, o solo estaba alucinando. Es muy difícil saber. Pero estoy seguro de lo que vi al final, en un espejo mas grande que una montaña veía la inmensidad del universo, veía mi planeta y en el, mi hogar y ese hogar ardía… -Hunter pauso la cinta. Pensó que de todas formas nadie le creería. Borro la grabación e intento de nuevo: Veía un mundo infinito de espejos….

La nave seguía su camino en piloto automático, mientras su único tripulante se sumergía en sus pensamientos, conjeturas e ilusiones. Tambaleo suavemente por las leves turbulencias, mientras se unía al resto de la caravana de naves que iban a la ciudad, todas ellas con miles de personas a bordo con miles de historias, con un mismo destino.

Su hogar.

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