El Gato Atigrado

Un gato amarillo con rayas negras estaba muerto en el pórtico. No era difícil imaginarse la escena: Un trozo de carne podrida y mohosa se encontraba a su lado.

Su dueño entro y al verlo ni se inmuto.
Tantas veces lo había visto morir para luego resucitar al día siguiente como si nada. Ya era un deporte entre los niños del pueblo apedrear a Lucky -como lo llamaban los locales, hasta matarlo. Los ancianos lo envenenaban con trozos de carne. Los sacerdotes cada domingo intentaban cazar al gato para exorcizarlo por que clamaban que el mismísimo Satán vivía en su cuerpo. Ya era una leyenda local, el gato había muerto más veces de las que alguien podría contar. Había vivido tanto y estaba tan cansado de todo.

En efecto al día siguiente, Lucky volvió a la vida y continuó su rutina. La misma desde hace bastantes años. Todos los días después de escapar de los niños con sus piedras y de los sacerdotes con sus biblias, subía al tejado de su hogar. Su dueño un hombre ya veterano de la guerra se recluyó en ese pueblo para escapar del desenfreno de la ciudad, tenía una de las casas más lujosas del pueblo con una vista hermosa a las montañas de la cordillera. Allí el gato veía los atardeceres, con curiosidad.
Un día mientras el gato estaba en su techo, vio a una gata rosada en el edificio del frente.
La felina tenía todo el porte de la casta gatuna de Paris. Y la gata rosada lo vio a él. Sus miradas profundas y acusadoras se detuvieron un instante sobre los ojos del otro. Lucky no lo sabía pero sentía por primera vez el amor.

Ambos se reunieron en medio de los tejados. Ronronearon. Se acariciaron y Lucky dejo atrás su cansancio y preocupaciones. Había encontrado un motivo para vivir.
Al amanecer, Lucky estaba durmiendo al lado de la gata rosada. Se miraron un instante. El gato contemplo su amada y supo en ese momento que son ella, el no podría vivir. Pero un ruido estruendoso ocurrió a unos centímetros de ellos.

Una piedra! El gato se espantó. Eran los niños con su rutina habitual de apedrearlo hasta matarlo. Ambos felinos escaparon entre los tejados de los lanzamientos aterradores de aquellos monstruos. Una piedra inadvertida golpeó a la gata. Ella cayó al suelo. El gato se enloqueció y salto hacia uno de los agresores. Mostrando tanta rabia y furia como nunca antes. Los niños salieron espantados y Lucky se acercó a su amada.

Ella respiraba con dificultad. El gato se recostó a su lado. Sabía lo que ocurriría…

Su dueño se acercó a la plaza, había un conglomerado de personas allí. Estupefacto se abrió paso entre la multitud y vio a su gato atigrado y a una gata rosada, abrazados. Ambos habían muerto. Las personas esperaban que el gato resucitara, pero nunca lo hizo.

Dejaron que los cuerpos se pudrieran. Después de tres días, nadie se acercaba ya a mirarlos. Su fiel dueño, con el corazón roto levanto sus cuerpos y los enterró en algún lugar sin nombre en la ladera de la montaña, así ambos gatos seguirian viendo los atardeceres juntos.

El gato atigrado había muerto para siempre.

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