Antología de Terror #1

La Torre de Sheol

Alex se despertó de nuevo en medio de la noche, o eso pensaba, era difícil mantener cuenta de los días encerrado en aquel cuarto sin ventanas. Al principio pensó que era una broma de algún amigo, incluso pensaba que estaba en un programa de televisión. Dejo de creerlo cuando pasaron lo que él pensó que serían por lo menos 5 o 6 días sin comer, su único sustento era el agua agria que caía por una gotera encima de su cama. El cuarto era amplio y si no fuera por las circunstancias quizás resultaría hasta cómodo. Había un peinador que tenía encima una lámpara y una pistola -sin cargar-, el cargador estaba en la mesa de noche junto a un reloj que marcaba siempre la medianoche, la cama era cómoda, con un colchón de tamaño real y sábanas de seda, la gotera siempre caía en su frente sin importar de qué lado se acostara, incluso si se acostaba en el suelo, en algún momento aleatorio del día siempre caía. No había pinturas ni marcos ni espejos, ninguna decoración en la pared, solo tablones de madera que crujían como si estuvieran soportando un gran peso, la puerta era totalmente negra, incluso más que la misma oscuridad. Aquella puerta negra se alzaba como un agujero dispuesto a devorarlo todo a su paso, y sin picaporte. La única pista de que era una puerta eran las bisagras que las sostenían. Alex se sentaba en la cama sosteniendo la pistola, la armaba y desarmaba para pasar el tiempo, así mismo contaba la cantidad de balas que había en el cargador -9 balas- “faltan 2” pensó. Contaba la cantidad de gotas que caían, siempre en intervalos de 214 antes de detenerse y contaba los segundos usualmente 60, otras veces 20 antes de que comenzara a caer nuevamente, contó la cantidad de tablones de madera que componían la habitación, los tornillos y las tablas de la cama. Se estaba volviendo loco pues ya no quedaba nada más por contar, nada más por hacer, nada más que pensar. No podía recordar bien lo que estaba haciendo antes de despertar en ese lugar, quizás estaba en un parque o era un bosque. Era de día y hacía bastante calor, recordaba que estaba corriendo de alguien o ¿era al revés? Escuchaba dos disparos y no podía recordar más, le era difícil pensar con el sonido de aquella maldita gota caer una y otra vez. Pensó en escapar, pero la puerta era imposible de forzar, entonces considero en usar el arma, sin comer un humano podría vivir unas dos semanas – o eso había escuchado en algún programa de televisión– de cualquier forma él no pensaba esperar a averiguarlo, entre el desespero levantó el arma, la cargo, metió la pistola dentro de su boca y disparó.

Despertó nuevamente en aquel cuarto, la maldita gota de agua caía sobre su frente, pero ahora había tres, no, cuatro goteras más. El agua le alcanzaba los tobillos. Corrió a la mesa por el cargador y luego corrió por el arma, la cargo y se disparó. Despertó de nuevo en aquel cuarto, gritando corrió por el arma, la cargo y se disparó. Aún seguía gritando cuando despertó de nuevo en aquel cuarto, al saltar de la cama el agua alcanzaba sus rodillas, cogió el arma, la cargo y se disparó. Despertó de nuevo en el cuarto, el agua alcanzaba la cama y el colchón flotaba en ella, saltó al agua buscando en vano la pistola. De repente se armó un remolino en la misma habitación y Alex fue arrastrado violentamente de un lado a otro por la corriente, instintivamente intentó respirar pero solo trago agua de mar, salada, sucia y peligrosa. Salió a la superficie escupiendo y maldiciendo su mala suerte, en medio de aquella vorágine se dio cuenta que la puerta ahora tenía picaporte, con todas sus fuerzas intentó nadar contra la corriente, pero el agua ya no era tranquila y transparente, ahora surgía como una oscuridad roja, frenética y furiosa que lanzaba sus brazos para ahogarlo en la profundidad, intentaba e intentaba pero era demasiado difícil escapar de aquella furia insostenible, justo cuando estaba a punto de rendirse, la pistola encontró un camino hacia sus manos, la tanteo, noto que ya estaba cargada y se disparó. Despertó de nuevo en el cuarto, en medio del agua. Subió a la superficie, ahora el agua tranquila y cristalina le llegaba al cuello. Alex nado a la puerta, suspiro de alivio al sentir el picaporte en sus temblorosas manos y la abrió. Inmediatamente la fuerza del agua lo empujó hacia afuera y al caer Alex vio la Torre. Una Torre donde todos gritaban, donde todos al igual que el estaban atrapados en cuartos sin salida, sus oídos empezaron a sangrar por el ruido que había, un ruido que ningún humano debería poder escuchar, una mezcla inmoral de dolor, de muerte, de gritos inhumanos y de risas. Contó 87 pisos antes de tocar el suelo. Despertó de nuevo en aquel cuarto, intento subir a la superficie, pero el agua llegaba hasta el techo y no había aire para respirar. Quiso alcanzar la puerta, pero se dio cuenta que ya no había puerta, aquel umbral hacia el exterior había desaparecido entre la madera, con su último aliento intentó buscar el arma, no quería sufrir, no quería morir ahogado. Miraba a todas partes y solo veía las paredes cerrarse a su alrededor, las golpeaba y gritaba, cada vez más burbujas se amontonaban sobre el, intentó levantar los tablones pero no le alcanzaron las fuerzas antes de que el agua terminará de inundar sus pulmones.

Despertó de nuevo ahogándose en medio del agua, no podía ver pues sus ojos hace bastante se habían secado por la sal, intentaba mover sus manos, pero estaban tan hinchadas que ya no las podía levantar. Hace mucho tiempo que había olvidado contar, no recordaba si habían pasado días, horas o años allí. Siempre despertaba de nuevo en aquel cuarto, siempre despertaba ahogándose en medio del agua y a veces, solo a veces, en aquellos últimos instantes en los que el agua llenaba sus pulmones lograba recordar algunos fragmentos de la vida que solía tener, recordaba colores, recordaba sensaciones, recordaba mujeres que llevaba al bosque. Recordaba tener una pistola entre sus manos y los gritos que rasgaban sus oídos. Y en ocasiones justo antes de morir y volver a despertar, él podía jurar ver las llamas del infierno en medio de aquella profunda oscuridad y miles de demonios que a su alrededor salían a bailar.

Nota del autor: En varias ocasiones he soñado estar de frente a esta gran torre que se extiende tan alto como la vista alcanza a observar, he entrado y visitado sus cuartos y largos pasillos subterráneos, he navegado por su estructura laberíntica que cambia en cada pestañeo, el ruido de las máquinas de vapor que le dan poder a la torre es insoportable, pero es preferible a los gritos de cientos de miles de almas pidiendo misericordia. He descubierto que la Torre de Sheol es una pieza fundamental en muchas representaciones del infierno a través de los siglos y culturas, es una torre infinita llena de asesinos, violadores y traidores que sufren el mismo castigo una y otra vez durante toda la eternidad, en la punta de la torre desde un trono de plata gobierna Samael -el carcelero y arquitecto de aquella torre que permanece como un vestigio de la revolución industrial-. Durante las eternas noches de vigilia, los gritos y la desesperación forman un exquisito deleite para su corazón desprovisto de alma.  

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