Un Amor Frutal

Fresa decidió finalmente abrir sus ojos, los había cerrado cuando escucho los
gritos y temblores, pero ahora estaba encima de una especie de crema en una
copa, en algún lugar extraño lleno de grifos, platos sucios, cubiertos y uno que otro
estofado, ahora deseaba nunca haberlos abierto. Mientras miraba a su alrededor
se dio cuenta de lo solo que estaba, de lo mucho que extrañaba el campo, pero
mas que nada extrañaba a su esposa Freresa. Deseo con todo su corazón que
ella pudiera haber escapado de aquellos monstruos que lo secuestraron, anhelo
que ella siguiera con su vida y tuviera sus retoños y que pudieran llegar a viejos y
ser grandes árboles en medio del campo. Fresa cerro sus ojos de nuevo e imagino
la suave brisa del campo y se balanceo hacia el borde de la copa, hacia el abismo
que le ofrecía una muerte rápida, una muerte mas digna que ser comida de
aquellos monstruos horripilantes de dos patas. La crema cedió a sus intentos y se
resbalo rápidamente por la copa, por la cornisa, por el aire sin brisa de la cocina,
vio su vida pasar frente a sus ojos y al recordar a su Freresa, sonrió.



Una mano lo atrapo en el aire, una mano del demonio que le negaba su libertad y
Fresa lucho en vano. Lo pusieron nuevamente en la copa y lo llevaron afuera de
aquella cocina, Fresa miro a todas partes, solo veía monstruos devorando frutas
que gritaban de dolor mientras las masticaban, manzanas, peras, bananas,
sandias, todas estaban en medio de un cruel festín, vio con horror aquella escena
y vio con horror como lo llevaban a su mesa, donde un hombre horripilante y una
mujer monstruosa lo esperaban con la boca abierta. Pero allí en aquella mesa, en
frente de la mujer, estaba quien menos esperaba.


Fresa grito el nombre de su querida Freresa, quien volteo a verlo y sonrió, sonrió y
lloro pues sabía que no había vuelta atrás, pues aquí morirían. Pero a Fresa no le
importaba, tenía que escapar, tenía que volver con su querida Freresa, aun les
faltaba mucho por vivir, debían volver al campo y tener sus retoños, tenía que
verlos crecer como grandes árboles, tenía que besarla, aunque fuera una sola vez
más. Así que Fresa se balanceo fuera de la crema y salto, salto tan alto como
pudo, tan alto que se elevó en el cielo. Freresa lo miro enamorada, como aquella
primera vez en el campo de mariposas, lo miro con ternura, lo miro con horror, lo
miro con dolor mientras aquel monstruo que sostenía la copa se lo llevaba a la
boca y lo masticaba, Fresa seguía gritando su nombre entre mordida y mordida.
Fue entonces que una mano blanca tomo a Freresa con delicadeza. Y con
suavidad y dulzura la llevo hasta su boca. Freresa recordó lo sola que se sentía
antes de conocer a Fresa y viendo toda su vida pasar ante sus ojos, sonrió.



“Camarero, quiero darle mis mas grandes felicitaciones a su restaurante, estas
fresas son las mejores que he probado en mi vida”
Dijo la mujer monstruo chupandose los dedos y riéndose junto a su esposo.
“¡Muchisimas gracias!» Dijo el camarero mientras recogía los platos de la mesa.
“Nuestro ingrediente secreto es el amor”.

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