Antología de Terror #5

Telarañas en la Oscuridad

La gran mayoría de los que vivimos en Bogotá a finales del año pasado recordamos la historia:


Todo comenzó el 18 de octubre de 2021 cuando salió en las noticias que había un niño perdido, no era cualquier niño, la persona en cuestión era un tal Juan Pablo Casas, hijo del congresista de centro Eduardo Casas, involucrado en algunos casos de corrupción. El senador tenía sus enemigos y al principio la investigación giro en torno a quien quería dañar a semejante faro de la moralidad, pero la investigación pronto giro alrededor del mismo Juan Pablo, cuando mi jefe me pidió unirme a la búsqueda comencé a indagar sobre la vida del pequeño.
Juan no tenía enemigos. De hecho, puedo asegurar que no tenía a nadie, sus profesores lo consideraban el raro del salón así que lo ignoraban, sus compañeros lo dejaban solo en el recreo y sus padres no querían que se juntaran con él. Eduardo era raro, pero eso no significaba que dejara de ser normal, tenía dos brazos, dos piernas. ¿No es eso lo que la gente considera normal? No. La verdadera razón por la que no querían al pequeño o incluso le tenían miedo y no se acercaban, era por el miedo que le tenían a su padre.
Verán, Juan Pablo tuvo una infancia complicada y aunque no es excusa para sus actos, puede darle un contexto para que entiendan su punto de vista. Sus padres peleaban todo el tiempo y cuando Eduardo se molestaba bastante con mamá (Doña Elizabeth Mora), la encerraba en el sótano y a veces cuando se enojaba con el niño, a él también. El sótano no era especial, era por así decirlo normal. Allí Don Eduardo iba siempre que necesitaba ventilarse o relajarse, olía bastante a cigarrillo, había elementos de construcción, algunos con bastante uso, otros completamente nuevos, telarañas, insectos y por supuesto había cajas, muchas cajas de ropa vieja y zapatos, cuando Don Eduardo no se encontraba ahí abajo gritando y golpeando cosas, gritaba y golpeaba a Elizabeth y al pequeño Juan Pablo. Elizabeth nunca le permitía a Juan Pablo bajar y quizás, debido a esa prohibición, a Juan Pablo le generaba cierta curiosidad por saber que era tan especial sobre el sótano que su padre insistía en estar allí siempre a altas horas de la noche.
Una noche, varios días antes del incidente, el pequeño escribió en su diario: bajare. Lo que vio debió haber sido bastante aterrador y le debió haber generado mucho pánico, pues la siguiente entrada simplemente decía: ojos, ojos. En una escritura apresurada. El diario del pequeño estaba lleno de esas entradas, a veces solo eran una línea, algo tan simple como miedo, a veces el pequeño se extendía hablando sobre los ríos de Cundinamarca, o las capitales de Colombia. Pero otras eran mas cripticas en su naturaleza y la entrada del 17 de octubre había escrito: hoy me canto de nuevo. Esa noche fue cuando las cosas llegaron a su punto crítico, como muchas noches anteriores Don Eduardo llego borracho a la casa, lo primero que vio al entrar fue a Juan Pablo jugar con un tren en medio de la sala, había tumbado un jarrón y dos macetas en su travesía de ferrocarril, Eduardo lo tomo en sus manos y lo lanzo contra la pared, le dio varios puños en la cara y lo tumbo al suelo, se quito la correa y en ese momento entro Elizabeth. Ella grito e hizo un escandalo tan fuerte que los vecinos se asustaron, quisieron llamar a la policía, pero recordaron quien vivía en esa casa, así que colgaron el teléfono e intentaron dormir. Eduardo comenzó a golpearla, Juan Pablo se asustó y corrió por los pasillos, su madre iba detrás, llegaron al sótano y Eduardo los atrapo. Juan Pablo entro al sótano primero y su madre cerro la puerta tras de él. Los gritos se incrementaron hasta que se volvieron un pitido en el cerebro del niño, el se resbalo por las escaleras y en su caída agarro una de las telarañas que adornaban el oscuro y espantoso lugar, pero la telaraña carecía de la fuerza para sostenerlo y rodo hasta llegar al suelo. Desde abajo seguía escuchando los gritos sin forma de sus padres, pero también escucho una canción que le parecía conocida, abrió su mano y vio una araña blanca tejiendo una telaraña en la palma de su mano y cantando una de las canciones de cuna que le cantaba su nana.
La araña mientras armaba su telaraña lo distrajo para que no escuchara los golpes repetidos contra la puerta, para que no escuchara los gritos de su madre que se desvanecieron hasta convertirse en golpes secos y en el llanto de su padre mientras gritaba: Elizabeth, Elizabeth, Elizabeth. La araña lo distraía al principio con canciones, luego cuando la telaraña llego al brazo decidió contarle la verdad, los pequeños secretos que como moscas habían caído en su red. La verdad detrás de su padre. Juan Pablo abrió los ojos al escucharla. Sus ojos se dividieron, primero en dos, luego en cuatro, luego en ocho y se levantó, camino hasta la puerta y al abrirla vio los ojos de su madre mirándolo de vuelta, estaba en el suelo y la sangre que salía de su cabeza había formado unas alas alrededor de ella. Camino por el pasillo hacia la sala, donde estaba escuchando que su padre lloraba. Eduardo estaba en su sillón, mirando sus manos y entonces escucho uno de sus secretos, miro hacia el pasillo y no había nadie, escucho otro, miro hacia la puerta y no había nadie, escucho a su hijo decir: asesino. Miro hacia arriba y desde allí Juan Pablo lo miraba, vio a su padre tan débil, tan asustado, tan gordo y culpable que sus pecados emanaban de sus poros, Eduardo lo vio por un momento y salió corriendo presa del pánico. Corrió por los pasillos, pero ahora habían cientos, quizás miles de telarañas bloqueando su paso, intentó devolverse pero atrás venían arañas, arañas blancas de 26 patas, arañas cafés con 4 ojos, arañas negras y rojas de 5 patas, arañas multicolores con hasta tres caras. Eduardo intentó atravesar las telarañas y comenzó a avanzar con dificultad, pero cads vez era más y más difícil y llegó a un punto dentro de la red que sin importar cuánto se moviera no podía avanzar, miro a todas partes buscando algo que le ayudará a escapar pero solo pudo ver como las arañas bajaban por cada hilo y filamento hacia su cara, como caminaban por sus brazos y piernas, como lo mordían y le arrancaban la piel para intentar entrar. Eduardo grito y grito y grito de nuevo hasta que solo quedo el silencio.


Cuando entré a la casa lo primero que vi fue la gran mancha negra en la sala, (aun húmeda) y por los primeros tres días siempre volvía a la casa buscando pistas, intentaron buscar al niño por todas partes, en el aeropuerto, terminales de transporte, colegios, parques, pero no lo encontraban. Considere abandonar la búsqueda al no haber hecho progresos en el caso, pero en ese momento vi a una araña blanca que se escabullía en un hueco de la pared y escuché una canción, me acerque y me di cuenta de que la pared era falsa. La policía entro primero al sótano escondido donde encontramos cemento, botas, palas, y cajas llenas de ropa de niños y zapatos pequeños, también había telarañas que se erguían sobre las paredes y arañas blancas y en cada telaraña un nombre distinto, una edad y una ubicación distintas, no nos demoramos en encontrar los cadáveres de los pequeños.
En cuando a Juan Pablo, la única pista era una telaraña en el techo del sótano que formaba un dibujo de un niño rodeado de miles de puntos con patas, bajando por un rio negro y en letras grandes la palabra «cuna». No me tomo tiempo descifrar el enigma y corrí, corrí esperando encontrarlo antes de que fuera demasiado tarde, pero no tuve suerte.


El pequeño estaba en el fondo de la cascada del Tequendama, flotando en un capullo hecho con la seda de una araña.

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